
Escuchar el tercer LP de la agrupación nacional Tío Lucho es toda una aventura. Yo hice la prueba de evitar bailar mientras oía los 34 minutos de Innombrable (Cazador, 2011), pero fue imposible.
La aventura de sintetizadores y actitud bailando-se-ahogan-todas-las-penas inundan los diez tracks y no es malo. Este es un trabajo consistente, coherente y lleno de buenas decisiones de producción. Pero hay un pequeño problema: a veces resulta un poco monótono el uso de herramientas sonoras por lo que varias canciones se parecen entre sí.
De hecho, la primera mitad resulta muy similar, con una vibra similar y llena de material para desatarse en la pista de baile, pero se hace difícil encontrar una canción definitoria, al revés de lo que pasa en la segunda mitad del disco, llena de matices y un sonido mucho más orgánico, lo que ayuda a diferenciar lo bueno y lo no tan bueno de cada composición.
El inicio vertiginoso con “Toda la noche” es un llamado de atención fuerte. El giro en el sonido de la banda es fuerte. Ya no irrumpen con el surf-punk y el ska de sus entregas anteriores Cabrón de jungla (2005) y Lo que ahora brilla putrefacto quedará… (2008), sino que los sintetizadores son la regla.
En “Frenesí” y el primer single, “Ilusión Rebelde” también se nota este cambio. El synth-rock que arman sigue con la tendencia de estructurar canciones para la pista de baile, pero ahora mucho más cargado a los elementos pop. No sacrifican las estructuras simples y eso viene bien.
“Oro de bestias” mantiene este elemento sonoro, y recuerda mucho a M83 y su último disco. Claro que Tío Lucho desde hace rato que no tiene saxo para tener solos épicos, pero los sintetizadores le vienen bastante bien, demostrando que el rock no necesariamente debe tener amplificaciones saturadas o guitarras afiladas.
Una vibra mucho más The Jesus And Mary Chain se advierte en “Nuevo siglo”, un track más reflexivo con el que el viaje sónico alrededor de este Innombrable cambia de rumbo.
Ya en “Tu conquista” vuelve el sintetizador, muy parecido también a Los Prisioneros en su etapa post-Pateando Piedras. Una canción hermosa, llena de matices, como sonoridades un tanto más orgánicas, pero siempre en clave synth-pop.
Cuando llevamos más de la mitad notamos algo: en la producción está Cristián Heyne, uno de los genios de la producción del pop nacional, detrás de Alex Anwandter o Javiera Mena. Esto no es antojadizo. El camino de Heyne con las reminiscencias ochenteras ha sido sólido.
“Bandida” parte con una percusión y sensación muy DFA, como The Rapture. Se nota que este es el camino que se traza Tío Lucho, con una coherencia total. En el séptimo track vuelve la pista de baile. Es que Innombrable, más que sus tremendas canciones, logra tomar vuelo por su dualidad. No sólo hay pista de baile, sino que canciones de amor más orgánicas.
Para una muestra, la grandiosa “Solitario”, muy The Smiths pero con un momentum exquisito. Un impulso que te lleva a bailar pero sin dejar de escuchar la letra llena de añoranza cantada por Fernando Arredondo con un arrojo y contención que denotan la buena producción.
“Casa del terror” logra configurar una canción de pausa, de transición. Es que “Lejos de ti (Acostúmbrate)” es un llamado de atención inevitable. Una canción de despedida, pero no de “Adios” sino que de “Hasta luego”. Además, suena tan fogateable (dígase de canciones factibles de tocar al lado de una fogata) que duele.
Es que la franqueza sonora de Tío Lucho, como un trío ya afiatado en el escenario nacional, se nota en su tercera entrega, pese a que muchos les parezca que fueran dos discos mezclados en uno. El primero, bailable al 100%; el segundo, más reflexivo y nostálgico. Pero al final de cuentas, este Innombrable resulta ser un disco que no necesita de nombres para dejar en claro su carácter y ambición. Música y nada más, que es lo que importa.

