
Lo bonito del synthpop es que suena atemporal. Puede ser un revisionismo del pasado o también la exploración de los horizontes futuros del pop. Y justamente Chile ha tenido una proliferación de propuestas en este sentido.
Por eso cada cual se quiere diferenciar a su modo y así lo entiende el dúo Adrianigual, que en su segundo LP Éxito Mundial (Cazador, 2011) tratan de realizar un relato descarnado de la sociedad zombie del consumo, que según su visión entrega un montón de imágenes deprimentes, y el escape a esta realidad mediante la pista de baile.
Pero las fallas llegan cuando esta narración cae en incongruencias y también cuando falta concisión en varios tracks. El ejemplo más claro es que “Me gusta la noche”, primer sencillo de Éxito Mundial, viene en una versión extendida de casi siete minutos y, al final, viene la versión radial, demostrando que podrían haber sido más simples en el desarrollo de esta canción.
El disco se hace pesado de escuchar a ratos. Alex Anwandter en la producción cae en los mismos ripios que en su propia aventura en odiSEA (2010), donde por falta de precisión perdía composiciones con mucho potencial.
“Arde Santiago” abre el disco con un beat muy pegajoso, teclados y bajos correctos, imágenes retro y una estética noctámbula bohemia que se desliza exquisita en el que debe ser el single mejor logrado del registro. No sólo se trata de lograr armar un buen tema, sino que de lograr un buen desarrollo en la producción, sin caer en excesos.
Justamente resulta demasiado lo ofrecido en los otros dos tracks megabailables, “Me cargan los ochentas” y “Me gusta la noche”. Ambos tienen un beat más oscuro, más siniestro pero también muy atractivo, pero resulta que hay un desarrollo demasiado lánguido. La narrativa es simple, entonces ¿Para qué complejizarla poniendo una historia en canciones de seis o siete minutos? Inentendible dado que cooptan las composiciones que se notan muy buenas.
Ya con “La agente” hay un giro más maduro en las letras, más reflexivo. Lo mismo con la dubstep-iana “Bang Bang Bang”, que presenta un metarrelato eficiente y eficaz. También por fin se logra desarrollar la crítica que querían lograr a la sociedad del consumo. Y les sale bien. Natural, pero lejos de la pista de baile. Como diría un autor nacional, se trata más de un “baile mental”.
Sorprende la musicalización en “Haití”, cuya relación con el país es simplemente la pobreza aparente de un futuro cercano, denotando debilidad en la letra. Pero en lo musical se atisba un riesgo con los coros de niños y las bases mezcla de triphop, dance y dubstep.
“Siglo XXI” es otra canción simplona, aunque energética y con una crítica velada a la excesiva tecnologización de las experiencias humanas, mismas energías que se vuelven autocrítica humana en “Tragamonedas – Trágame Tierra” donde el dúo logra armar un buen relato respecto a la rutinaria existencia.
En lo musical ambas canciones usan buenos elementos, pero el poco riesgo en las decisiones de producción, quedándose más con un sonido ligero y bailable pero poco trascendente y lejos del ánimo de mensaje mesiánico/bohemio que denota cada beat de Éxito Mundial.
El dúo final no es muy diferente. “Sudamérica” es sencilla en el sonido y la letra, mientras que “La Pelea” tiene un buen uso de las armonías y tiempos cambiados pero no configura un cierre épico y resulta un track largo y tedioso.
El problema con este álbum no es su ánimo crítico, que realmente salva la plata en este registro, sino que la falta de emociones arriesgadas en la producción. Alex Anwandter queda en deuda cuando notamos que, precisamente, él logró armar un tremendo disco solista como es Rebeldes (2011), pero con Adrianigual se queda en la grandilocuencia sin profundidad de odiSEA y no mucho más en lo sonoro.
Lo bueno: hay material y Adrianigual no se va a quedar pegado en un disco, sino que seguirán explorando caminos en este pop chileno, que para muchos es un paraíso aunque para otros sólo sea una vía de escape ante un mundo cada vez menos exitoso.

